Escena ficticia de una vida inventada
Pensemos en los límites de la verdad y la ficción en la palabra poética. La verdad es una cepa de olivo en el centro de un pajar enorme, se encuentra abrigada de paja, pasto seco nacido para ser fuego, pasto seco cuyo vacío ya tiembla inestable. Su cometido es la llama. Una leve chispa puede hacer que todo arda.
O puede que la chispa se detenga a unos milímetros de la paja, como congelada justo en el instante en el que salta, suspendida en el aire, y que nada prenda. En tal caso, las moléculas del pasto se agitarían aún más inestables intuyendo la llama, deseando que caiga. Pero no cae. Se mantiene en suspenso, congelada justo en ese instante. Vértigo. Es el modo gélido en que arden algunos poemas. La combustión helada. El sudor frío, la palpitación del precipicio. Cae y no cae, arde y no arde. Pero quema, arrebata.
Desatadas las llamas o la combustión helada, la cepa de olivo se encenderá prieta o temblará de ardiente vértigo. Y todo el pajar acabará devastado, todo excepto la cepa, que quedará candente como un puño cerrado o un corazón turgente de sangre.
La ficción funciona como pasto, envuelve la verdad, la protege. El olivo la necesita para estar vivo, para no morir en el olvido, de lo contrario yacería helado en la indiferencia.
¿Y la chispa? ¿Qué hay de la chispa? ¡Oh!, la chispa. La chispa es la magia que hechiza al poema. Emana de un abismo originario.
El poema contiene entonces, cuando menos, cepa de olivo, pasto y chispa.
Pero vayamos más allá. Planteémonos un caso extraño, que podría decirse “trucado”. Un poeta escribe unos versos que retratan una escena ficticia de una vida inventada. En ese caso, ¿dónde queda la verdad? ¿Todo es ficción? ¿Existe la chispa?
Veámoslo más de cerca con el siguiente ejemplo. Un poema que contiene una escena ficticia de una vida inventada:
Un día, Laura estaba triste. Muy triste. Sintió que perdía algo arraigado en lo hondo. En ese momento Laura podría haber escrito los siguientes versos, si hubiera sabido ponerle palabras:
“Un grano de escarcha inunda
mi pecho
y el hielo seco
como un pellizco
araña mi carne
y mis manos intentan sujetar
tu sombra
que se va
y se va y se va
y se aleja
los dedos trazan
con torpeza
un adiós en el aire
tristes
¡Oh! en las yemas abiertas yace
el cadáver de una caricia”
¿Ha logrado crear una verdad más allá de la suya propia? Si así fuera, ¿cómo lo ha hecho? ¿Imaginando la escena?, ¿empatizando con ella?, ¿imaginando los sentimientos o empleando emociones propias ya sentidas y luego pegándolas como pedazos haciendo que encajen en la escena inventada? ¿O en el fondo de todo subyace una verdad propia que, aun ficticia, quizá como posibilidad no realizada pero de algún modo —¿cuál?— propia, le pertenece?
No lo tengo del todo claro. Piensen. Opinen. Compartan.
** Aún nos quedaría considerar la posición del lector. ¿Qué lugar ocupa quien revive las palabras? ¿Qué hay del cuerpo que las siente? El cuerpo en el que arden. Esas cuestiones creo que merecen una reflexión aparte, así que mejor dejarlas para otro momento.